Titán en el cielo
La historia del primer argentino en el espacio es asombrosa. Muchos creen que el primero nacido en estas tierras fue Belisario o Juan, pero casi una década antes, estuvo Titán, un perro de raza pequinesa.
Sin duda Belisario, Juan o Titán, suenan raros sin un apellido que los acompañe. Es que como muchos a esta altura ya habrán adivinado no se trata de astronautas hechos y derechos como Buzz Aldrin, Yuri Gagarin o los locales Maldacena y Caldeiro: Belisario era un pequeño gerbo, que allá por los años 60’, de la mano del pujante programa espacial argentino logró superar los 15km de altura a una velocidad de más de 2500km/h; Juan era un mono Caí misionero, que montado en un cohete Canopus, fabricado en Córdoba, alcanzó una subórbita de 82km, superando la estratósfera.
Tanto Juan como Belisario fueron parte del programa BIO de la CONAE, que se propuso el desarrollo de cohetes para el traslado de carga viva con fines de recuperación, lo que nos permite ponerle un final feliz a estos dos animalitos, que afortunadamente volvieron sanos y salvos, aunque algo agitados, para terminar sus vidas naturalmente.
Pero el héroe de esta historia es Titán, un perro pequinés de pelo marrón claro y patitas oscuras con uñas prolijamente pulidas por sus dueños: Mirta Manuela Ramos y Valerio Korolski, quienes lo vieron nacer y le brindaron lo mejor en su criadero de la ciudad de Balcarce.
El criadero Von Korolski, fue entonces uno de los establecimientos de mayor reputación del país según el Kennel Club, organismo que controla los estándares de las distintas razas caninas. Esta reputación fue la que llevó a Korolski a la entonces Unión Soviética a entregar quince de sus mejores ejemplares para el programa espacial, ya que tras la puesta en órbita del Spútnik, se había registrado un enorme éxito.
El desafío para el programa soviético consistía en relevar los efectos de la órbita geoestacionaria sobre la carga viva. Esta órbita es la más alta que puede alcanzar un satélite. Fuera de esta órbita cualquier objeto terminaría de escaparse hacia la gravedad de la luna y perderse para siempre en el espacio.
Quince ejemplares de perros de la raza pequinesa, viajaron desde Balcarce, provincia de Buenos Aires hasta Baikonur, una ciudad aislada del soviet de Kazajstán, donde aún funciona un legendario cosmódromo.
Tras unas estoicas treintidos horas de vuelo, las constantes sedaciones en cada escala, la poca o nula comida y la hidratación forzada, los jóvenes pequineses pudieron recuperarse una semana con mimos, comida casera y pequeños destrozos a las instalaciones donde se alojaron.
Los científicos planearon el viaje cuidadosamente. La elección de un animal que entrara perfectamente en una pequeña cápsula y que no pesara demasiado, los llevó a la conclusión de que ese animal debía ser un perrito pequinés.
Luego de muchas e intensas pruebas Titán fue el elegido: montado en su cápsula, se elevó el R-7, un misil balístico devenido en cohete espacial, que lo llevó a donde ningún perro había llegado antes, ni un humano, y especialmente ningún argentino.
Fueron a buscar el mejor, y el destino quiso que el mejor se encontrara en nuestro país. Honrando el espacio con nuestra bandera, Titán brillará por siempre entre sus eternas compañeras, las estrellas.



