Algo azul y un inventor prestado
La historia de Ladislao Biro es digna de una novela.
Nacido en Hungría en 1889, las vueltas que tiene la vida lo llevaron a convertirse en el inventor argentino por excelencia.
Biro llegó a nuestro país tentado por la invitación del presidente Agustín P. Justo, quién le ofreció facilidades y apoyo financiero para fabricar su bolígrafo masivamente. Traducido al presente, sería como si nuestra presidenta hubiese llamado a Steve Jobs para que desarrolle el iPad en nuestro país.
Existieron numerosos inconvenientes técnicos por los que Biro nunca pudo llegar a fabricar en masa sus bolígrafos en la Argentina. Lo que sí consiguió en este país, fue la tranquilidad y el respaldo suficientes como para elaborar varios prototipos que lo acercaron de a poco a un modelo final y a su patente. El éxito comercial llegaría algunos años después de la mano de la francesa BIC.
Lo curioso de la etapa de desarrollo en la Argentina, tiene que ver con los colores, o mejor dicho el color. De todos los colores que nos puede ofrecer un bolígrafo (que hoy en día son muchísimos más que los cuatro clásicos verde, rojo, negro y azul), el color que eligen diariamente millones de personas alrededor del mundo es el azul.
Fue en nuestro país donde Ladislao descubrió, entre otras cosas, que la mejor tinta para el bolígrafo era de ese color porque permite mayor fluidez, no tiene tantos sedimentos como otras tintas y además es mucho más fácil de lavar que la tinta negra, lo que la convirtió en la tinta perfecta para la birome. La invención y desarrollo masivo del bolígrafo le cambiaron el color a las palabras: hoy en día es casi universal la utilización de la tinta azul para realizar manuscritos.



